La máquina del tiempo
Vio a un costado del escritorio un lápiz. Justo lo que había estado buscando, un lápiz. Lo tomó, se sentó y comenzó a escribir en su cuaderno. La luz cálida de la lampara a su izquierda, revelaba tenue el cuarto en penumbras; gruesas cortinas de terciopelo, impedían la entrada del sol de las 4 de la tarde. Después de redactar un par de correctos párrafos alzó la cabeza y comprobó con estupefacción que se encontraba en el pasado. Lo sabía con certeza ya que había revivido la escena, que ahora se revelaba intacta, muchas de veces en su cabeza. Noches analizando, uniendo las piezas de un rompecabezas imposible, de una realidad que abortada parecía inalcanzable. Esta era su oportunidad de alterar los hechos, de moldearlos y crear su propia criatura, una que estuviera bajo su control. Llegado el punto de inflexión, el lugar donde liberar a esa criatura de diseño, fue incapaz. Ni siquiera modificó el ritmo tosco de su respiración, no quiso o no pudo o algo más, no supo bien el por qué y le resultó irrelevante. Con liviandad se dejó llevar por la corriente, y un aire invadió su lecho impregnándolo de un aroma sutil a desilusión, un aroma entre frutal y picante, como jengibre fresco. De pronto sus ojos comenzaron a irritarse, pestañeo varias veces. Fijando la mirada nuevamente, se percató de que otra vez estaba frente al escritorio, en soledad ante su cuaderno. Se tomó un momento, un minuto, quizás un poco más, e inmediatamente después agarró con ambas manos el lápiz que había encontrado y lo partió, destruyéndolo por completo. Se sacudió las astillas de las manos y alejó la silla del borde del escritorio. Se paró firme, caminó hacia las cortinas y las abrió, dejando pasar el sol de las 4 de la tarde.
