Las aventuras de Matías, el pibe que no sabía su apellido (#0)

Le llamaban la atención los techos de superficie curva. Producían en él, una suerte de atracción incontenible. Como la que le produce cualquier hermosa mujer a un hombre vulnerable. Muy a menudo se enfocaba en buscar entre los edificios esta particularidad, se puede decir que se había convertido en una nueva obsesión, cada vez que se adentraba en alguna calle u avenida. Esa tarde volvía en subté de la escuela.

Como cosa, el subté tenía algo bueno y algo malo. Por una parte era rápido y cómodo, pero a su vez  negaba el exterior y entregaba muchas veces un olor repúgnante. Un olor a vacío, un olor muerto, la textura del aire era pesada, densa, como puré de papas instantáneo, semejante al que comía las noches en las que estaba solo en La casa. Sentado a un extremo del vagón, miraba los carteles ubicados en la pared contraria, pensando. Su mente se aislaba a tal punto, que a veces se asustaba al darse cuenta cuan profundo podía sumergirse y cuan basto era. Ya se había hecho habitual que se pasara su estación de destino, pero esto le sucedía en todo medio de transporte no solo en el subtérráneo. Frecuentemente sentía estar viviendo una vida dos paradas más allá de la suya, en un lugar donde lo ajeno se vuelve inevitablemente cotidiano y permanece como propio en silencio, sin que nadie lo sepa, pero por ser lo único existente y no lo verdadero.

El anhelo nostálgico de lo verdadero llevaba a Pilcro a un solo camino posible: a la pura mierda, literalmente a lo desechado, a la verdad que había muerto para vivir. Ese cadáver en el que se había convertido, él sabía, era lo más cercano a ella que le era inteligible. En ese camino el muchacho estaba obligado a nadar en la basura, en lo marginal y grotesco, aquello que las perzonas pretenden inexistente, que no quieren ver o escuchar y mucho menos recoger.

Por un momento un cartel luminoso, anunciando la siguiente estación, lo sacó de sus cavilaciones: Plaza Italia. Era la primera vez que asociaba el nombre de esta plaza con el país de Italia. Una infinita curiosidad, no por este Estado europeo sino por como la repetición tan sistemática termina alejando a la palabra de su significado mentado, lo invadió. Pensó en los pocos que ven a esta determinada plaza como una plaza de los italianos o de nacionalidad Italiana y se le ocurrieron múltiples ejemplos de casos similares que, tres segundos después, habían desaparecido tan rápido como todo lo demás.

Este encontrar lo verdadero tenía un correlato en la realidad, mucho más allá de que en el ser de Pilcro no estuviera tan taxativamente definido.  El muchacho frecuentaba situaciones y lugares que por mucho traspasaban lo inadecuado para sus 13 años. Lugares donde el hedor a obscenidad brota desde cada imagen, donde la miseria e impotencia son subsidiarias de una profunda soledad, la soledad de lo inmutable. Aquí cualquier teoría sobre lo social o sobre lo humano, se derrumba como una casa de cartas ralas bajo asedio de algún aliento tibio, aquí el rey legítimo es la víscera.

*

Calamidad Vives: Médica Ginecóloga y Obstetra. Entre rasguños de un dolor intenso, Karla solo pudo distinguir estas palabras de la nube de acontecimientos que se movía a su alrededor. Esta, como aquellas nubes violáceas que amenazan al crepúsculo, parecía arrancada de un espacio diferente, con un tiempo propio. En su semi-concienzudo y pos-narcolépsico estado, notaba como lentamente la envolvía la voz de su cuerpo. Nunca había experimentado, en sus veintitantos años, una sensación así. Ese susurro húmedo se filtraba, no a través de sus oídos, sino a través de cada poro de su piel, anunciando en in crescendo que su hijo estaba por nacer.

*

Pilcro ya no tenía tantas libertades desde que había faltado dos días de su casa. Calamidad, su madre, sentía dolor cada vez que veía a su hijo a los ojos, este era su máximo secreto. Se culpaba por el inusual comportamiento del muchacho, y estaba dispuesta a cualquier cosa para este que fuera una persona normal. Pero a pesar de su ahínco, todo intento en este sentido eran infructuoso, se desvanecía, como el encanto de un cachorro con el tiempo. Para terminar de llenar la enorme bañadera de culpas en la cual estaba sumergida, trabajaba la mayor parte del día, y dos veces a la semana lo hacía también por la noche. Durante estas ocasiones Lucía, una joven apática y mal hablada, se quedaba en La casa con su hijo.

*

Cuatro eran las cuadras que separaban la estación de su casa, esas mismas cuatro cuadras cada día, eran como las imágenes de una película que un cine de barrio no cesa de proyectar. Una pantalla amarillenta; una imagen estirada y entrecortada; el bullicio de  niños emocionados que, distanciados de sus padres por unas horas, se sienten invencibles, intocables, son gaviotas sobrevolando la costa. A través de ellas Pilcro caminaba a una velocidad que le era propia, distinta a todas las demás velocidades que se sucedían en ese mismo espacio, permitiéndole convertirlo en el lugar más privado del mundo. Esa velocidad era su escondite, su refugio íntimo.
Antes de tocar la puerta de La casa, hurgó en el bolsillo derecho de su pantalón de jean gris topo, unos segundos después sacó un papel arrugado y lo leyó. El plan de escape era simple: atrasaría el reloj pulsera de su madre, no demasiado, unos 20 minutos (él sabía que toda su vida se guiaba en base al tiempo dictado por este objeto) ella se vería obligada a irse antes de que Lucía llegara por culpa del reloj atrasado, creyendo que de no ser así llegaría tarde para cubrir la guardia del hospital. Pilcro aprovecharía este momento a solas, por mínimo que fuera, para escaparse.

*

-Hijo, me tengo que ir a trabajar y la chica esta que no llega. ¿Te podrás quedar un ratito solo? Ella esta tarde me confirmó que venía, no se que le debe haber pasado a esta pendeja… Al final no puedo confiar en nadie, todo el mundo hace lo que se le canta el culo.
-No te preocupes, andá. Mientras te bañabas, llamó y me dijo que por ahí se demoraba unos minutos.
-¿Por qué no me decís antes? ¡Me tengo que ir ya! Hoy estoy a cargo de la unidad y no puedo retrasarme. Por favor no hagas nada raro, quedate tranquilo hasta que ella venga ¿Si?
-Sí.
-Te dejo encerrado así me llevo mi juego de llaves, ella tiene el suyo…. Vení, dale un beso a tu madre. No no, vos a mi. Chau Pil.
-Chau mamá.

*

-Gorda. Karla! Quedate tranquila, respirá…eeeso respirá. Estas haciendolo muy bien, ya casi terminamos. Ahora necesito que pujes una ves más con todas tus fuerzas… Cuando yo diga 3
- No puedo, estoy muy cansada.
-Si que podés, dale… El último esfuerzo. A la cuenta de tres: 1, 2…

*

El agua estaba tibia cuando toco la planta de su pie derecho, era realmente agradable. Muy lentamente (desde muy pequeño fue incapaz tolerar los cambios bruscos de temperatura) fue hundiendo cada pulgada de su cuerpo hasta quedar cubierto de liquido casi por completo. Solo su cara permanecía fuera del agua, seca, así como una flor en la superficie de un camalote que, flotando a la deriva en un río ancho e impune, se mueve sin saberlo. Mientras observaba al color invadir la escena, peleando hasta el último aliento contra la transparecia impoluta, sus ojos se cerraban poco a poco con un convencimiento notable. El ardor fue calor reconfortante, calor que sería fría verdad. Tres segundos después se fundió en un abrazo.

*

-…3. Perfecto yyy, ya está! Es un varón Karla! Divino y completamente normal .
Al ver a ese bebé, a su bebé, Karla supo algo. Una vez en su interior, ese algo se multiplicó. Fue como si ese algo hubiera parido de inmediato un algo más, y ese algo más hubiera a su vez parido algo distinto, y ese algo distinto otro algo. Al abrazarlo suavemente, todos esos algos se volvieron parte indivisible de su escencia.
- Enfermera, anote el nacimiento para el registro por favor: Fecha, 14 del corriente mes; Hora: 00.10

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~ por frenesies en 10 septiembre 2010.

 
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